08
Abr
Crítica: En la Carretera accidentada. (Advertencia: Spoiler)

¿Quién mejor que Bob para recomendar un libro?
Esto lo pensé mientras veía la primera parte del documental No Direction Home: Bob Dylan (Martin Scorsese, 2005). El famoso cantautor confiesa en esta cinta que parte de su influencia está conformada por la novela ícono de la generación beat: En el camino (On the road) del escritor norteamericano Jack Kerouac. Este libro –agrega Dylan– le permitió introducirse en la atmósfera de la locura del mundo y lo hizo sentirse parte de ese grupo de locos.
“Debo leerla, entonces”, me dije.
Lo empiezo a buscar incansablemente. No aparece. “Ya no se consigue”, me dicen. En eso se asoma un trailer de lo que parece ser una película basada en el célebre libro. Sigo sin encontrarlo, pero investigo.
Un par de fragmentos de un poema incluidos en la novela retumban en mi cabeza, cautivándome. “¿A quién pertenecen esos versos?” Vuelvo a investigar. “Allen Ginsberg”, me sopla Google.
Aún no hay señales ni del libro, ni de la película. Pero en mi investigación aparece Howl (El aullido), el hermoso consuelo que me ofrece Ginsberg para acercarme más a lo que quiero. “De esto hay una biopic”, me entero. “The pirate bay”, tecleo. “Download this torrent”. “Su descarga ha sido finalizada exitosamente”. (El artículo sobre este filme, prometo hacerlo más adelante).
Pasan meses y le comento de mi poca fortuna en esta búsqueda a alguien. Logra un efecto. Un día me entrega un pequeño paquete. ¡Uf! ¡El libro!
El chillido
Como una serie de eventos muy afortunados aparece un día, por arte de magia, materializada frente a mis cuatro ojos, la película. La tomo torpemente entre mis manos. Brinco. “Llevo leído del libro un poco más de la mitad”, le grito a quien me acompañaba, con el chillido característico que emito en situaciones que me emocionan. Y él, en medio de mi algarabía de mercado popular, me detiene con una implacable mirada para decirme: “Tienes que terminar el libro primero”. Y así –como si fuese la más santa de las palabras– fue.
Comienzo a rodar
“Si Ginsberg es parte de la generación beat y el libro de Kerouac es el ícono, entonces esta novela debe ser increíble”. Empiezo el libro. Con la mayor de las expectativas, ésas que siempre nos meten en un agujero impredecible Pero hablar de expectativas en ese momento es precipitarse.
En mi cabeza empiezo a construir, kilómetro a kilómetro, cada una de las caras, aromas, lugares y situaciones: recorro junto a Sal Paradaise las páginas y los caminos de este a oeste. Me cautiva su pensamiento y valores. Me angustio cada vez que gasta un céntimo. Quedo atónita con los paisajes que describe. Me agrada su forma de simplificar. Escucho las notas de Dexter Gordon. Y como un personaje femenino más dentro de la novela, detesto a Dean Moriarty.
173 páginas después
Comprendo a Moriarty y hago las paces con él. Como toda buena alumna, tomo nota de todos los libros, discos y saloons a los que hace mención el narrador.
Pero eso fue todo.
Frases, libros, lugares y personajes. Para mí, eso fue todo. No entendí la importancia. “¿Cómo un libro así puede ser un clásico”, pensé. Al mismo tiempo, intentaba ser reflexiva, situarme en la época, y pensar que para el momento esto era todo un boom. Pero si era por boom, más explosivo me parecía William Burroughs (más allá de su afinidad con la pólvora, claro). Pero esas decisiones literarias no las tomo yo.
La sorpresa
Con más dudas, y las expectativas por el piso, había culminado el bendito libro y era el momento de pasar al filme. Sentí un poco de nervios en el estómago, debo admitir.
Play. El DVD no se reproduce. Saco el DVD, lo vuelvo a introducir, nada. Repito la operación. 30 minutos después y con un nuevo reproductor de video instalado: “playing movie”.
La película empieza como se supone que este tipo de películas debe empezar, con un narrador en off. Y la primera línea es la siguiente: “Conocía a Dean poco después de que muriera mi padre”. Mis oídos chillaron en ese momento.
Según la novela En el camino (Colección Compactos de la editorial Anagrama, mayo 2011), Sal conoce a Dean poco después de que se separara de su mujer. “Acababa de pasar una grave enfermedad de la que no me molestaré en hablar, exceptuando que tenía algo que ver con la casi insoportable separación y con mi sensación de que todo había muerto”. “Calma, es un error, los errores son humanos”, respiré. “¿Pero desde el principio?”
En este punto mi ojo se hizo más crítico y duro. Las imprecisiones en la historia seguían apareciendo. Y mi irritabilidad se incrementaba.
Además, fue indignante –no hay otra palabra– la poca importancia que le dieron a la relación de Sal Paradise y Teresa (Terry). En este momento de la trama se podía explorar más en el personaje de Sal y lo desaprovecharon por completo.
La historia, básicamente, giró en torno a las locuras de Dean, pero, ¿y Dean? ¿El Moriarty que terminé comprendiendo en el libro, dónde quedó? ¿Dónde quedó el pichón de escritor? ¿El Dean hambriento de aprendizaje? ¿El rechazado por su familia? ¿El que quería, después de todo, buscar a su padre, sacarlo de la vagancia? ¿Dónde estaba el Dean humano, ese que cautiva después de 173 páginas?

El problema
Nosotros los espectadores generalmente esperamos una visión diferente del realizador, ese efecto sorpresa, ese momento clímax: la conexión entre la pantalla, la historia y quien observa. Pero lo que hicieron con esta película es como cuando te dan las respuestas de un examen y, sin embargo, no lo pasas.
Hay momentos claves en el libro. Momentos, que permiten captar la escencia y las sensaciones vividas por el personaje. Momentos, llenos de luces y sombras que permite entender la belleza de este libro.
Momentos, irremediablemente desaprovechados.

Lo acertado
La música, la fotografía y los actores que encarnaron a Dean (Garrett Hedlund), Bull Lee (Viggo Mortensen) y Carlo Marx (Tom Sturridge). Ahora profundicemos en lo valioso.

Hubo un momento que me atrevería a decir –con toda responsabilidad respecto a la película, el libro y la música–, que fue el mejor. Fue pequeño, pero enérgico y mágico, grande y alucinante: todos bailan, sudan y giran, y como si estuviesen inmersos en un largo poema, aúllan. Viven, nota a nota, la repetitiva y divertida Salt peanuts de Dizzy Gillespie. Esta secuencia, valiéndose de cortes y movimientos de cámara bruscos, nos hace sentir por breves y sustanciosos segundos como el más curioso vecino y como un loco más. Nos adentra en ese pequeño apartamento en lo que debería ser la típica fiesta beat; esa que uno supone que mezcla la sensualidad de la noche, la música y su tempo frenético, con el alcohol y las drogas. En este punto, eres uno más que acompaña a Dizzy, girando en el vinilo.
Otro aspecto que me pareció acertado, o mejor dicho, esperado, fue la fotografía. Una gama de tonalidades malva, tierra, grises y naranja, que representaba –como si el mismísimo autor del libro los hubiese escogido–, los amplios planos de los paisajes que describe Paradise. Nos encontramos con un preciso uso de los planos detalles, para los momentos de introspección.
Después de este caudal de líneas lo sigo manteniendo: el modo en que abordaron la historia de Dean fue muy pobre. Dejaron atrás al ser humano que intenta reivindicarse en medio del error. Pero hay algo que debo aplaudir: Garrett Hedlund encaja perfectamente con la tipología descrita por Kerouac sobre Moriarty. Alto, delgado, rubio y con una cara que hace pensar que ese tipo ha estado envuelto en muchos, pero muchos problemas. Ahora bien, teniendo como precedente que la novela está basada en hechos y personas reales, el personaje de Carlo y el viejo Bull no se parecen físicamente en nada a Ginsberg y Burroughs, respectivamente. Pero, Viggo Mortensen (Bull Lee) y Tom Sturridge (Carlo Marx), personificaron a la perfección la esencia de Allen y Bill. Mortensen reflejó la decadencia de la insana vida y la mente brillante de Burroughs. Y Sturridge, por otro lado, se introdujo dentro de la mística piel de Ginsberg, aullándole, con su “voz de piedra”, al amor, la pasión, la moral y el cosmos.
Verdades irremediables
Los errores son humanos, el Niño Jesús no existe y una película jamás se va a semejar a un libro.





